Una planta es el regalo para cuando quieres que quede. Un ramo se disfruta unos días; una planta bien elegida sigue en la casa el año siguiente. Aquí hay dos familias, y sirven para cosas distintas.
Los bonsáis son árboles reales mantenidos en miniatura por poda. Tenemos jade, pino y naranjo. El jade es el más indulgente —guarda agua en la hoja y perdona un olvido de riego—, así que es el que conviene si el regalo va para alguien sin experiencia. El pino es el de aspecto más clásico y el naranjo el más exigente con la luz.
La orquídea es lo contrario del bonsái en cuanto a cuidados: pide muy poca agua y mucha paciencia. La Phalaenopsis, que es la que se regala casi siempre, florece durante semanas y vuelve a hacerlo al año siguiente si se le respeta el reposo. También la hay acompañada de chocolates, para cuando el detalle tiene que verse más de regalo.
La pregunta útil es cuánta atención va a recibir. Si quien la recibe no cuida plantas, el bonsái de jade es lo más difícil de matar. Si le gustan las plantas y quiere algo vistoso, la orquídea da mucho más espectáculo mientras está en flor. Y si es para una oficina, cualquiera de las dos gana a un ramo: ocupan poco y no hay que buscarles jarrón.
Las dos fallan por lo mismo: exceso de agua. Es el error más común con cualquier planta de interior y el más difícil de deshacer, porque cuando la raíz se pudre ya no hay marcha atrás.
Cuando el gesto quiere durar más que el momento: un agradecimiento, una despedida, un traslado de casa, o simplemente cuando ya has mandado flores varias veces y quieres algo distinto. También cuando no sabes si habrá alguien para ponerlo en agua: una planta en maceta no depende de nadie las primeras horas, y un ramo sí.
El caso contrario también existe. Si lo que buscas es el golpe de efecto al abrir el regalo, la flor cortada gana: llena la habitación y se ve desde la puerta. La planta entra sin ruido y se queda.
Llegan en su maceta, montadas y listas, sin nada que preparar. No hace falta trasplantar ni cortar nada al recibirlas, y viajan de pie para que la tierra no se mueva.