Un bonsái no es una planta pequeña: es un árbol de verdad mantenido en miniatura mediante poda y una maceta que le limita la raíz. Esa es la diferencia y también el motivo por el que funciona tan bien como regalo: no se marchita en una semana como un ramo, se queda años en la mesa o en el escritorio de quien lo recibe.
El bonsái de jade es el más buscado y también el más agradecido para alguien que no tiene mano con las plantas: sus hojas carnosas guardan agua, así que perdona un olvido de riego mejor que cualquier otro. El bonsái de pino es el de la imagen clásica, el que la gente tiene en la cabeza cuando piensa en un bonsái, y pide algo más de luz. Y el bonsái de naranjo es el más exigente de los tres: quiere ventana con luz abundante, y a cambio es el único que puede dar fruto pequeño.
Si es un regalo para alguien que nunca ha cuidado un bonsái, el jade es la apuesta segura. Si la persona ya tiene plantas y sabe lo que hace, el pino y el naranjo le van a gustar más.
Es la duda que más llega y la respuesta va contra la intuición: se ahogan muchos más de los que se secan. El jade almacena agua en la hoja, así que el error habitual es regarlo como si fuera una planta normal.
Sobre si florece: el jade puede dar unas flores blancas pequeñas, pero necesita años, mucha luz y un invierno fresco. Dentro de una casa en Colombia es poco probable, y conviene saberlo para no esperarlo.
Porque no caduca. Un ramo se disfruta una semana; un bonsái sigue ahí el año siguiente, y quien lo cuida acaba teniéndole cariño. Encaja especialmente bien en un escritorio de oficina —ocupa poco, no se cae y no hay que buscarle jarrón— y como detalle para alguien a quien ya le has regalado flores varias veces.
El bonsái viaja en su maceta y llega listo, sin nada que armar. Si buscas otra planta que dure, mira también las orquídeas, y si prefieres flor cortada tienes el resto del catálogo de plantas.